Parar y respirar

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Acabé el año a demasiada velocidad. Haciendo sin parar para satisfacer la demanda exterior, la necesidad del otro. Cumpliendo tareas y plazos con la lengua fuera. Olvidándome de mi, de lo que necesitaba. Y está bien, por que, en ese momento, es así cómo tenía que ser. Pero a la que he podido, he pulsado el 'pause', me he sentado, me he mirado y escuchado. Mi alma me pedía respirar. Necesitaba tiempo y espacio. Y silencio...

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Viajé durante una semana en mi furgoneta, con mi pareja. Decidimos el destino en el último momento. No importaba demasiado dónde, sólo que hubiesen árboles, montañas altas y aire fresco. Los dos necesitábamos desconectar para conectar. Volver al ritmo natural, al propio ritmo. Despertarnos cuando no tuviésemos más sueño, comer cuando llegase el hambre, caminar hasta cansarnos... Y reir y llorar. Nos ha gustado sentir el frío de cocinar al aire libre para así sentir nuestra furgoneta como nuestra cueva al refugiarnos del frío y del viento en ella. Nuestro lujo más grande era una buena ducha de agua caliente en algún cámping y nuestro entretenimiento buscar rincones perdidos y mágicos donde pasar la noche sin nadie más que nosotros dos. Y rodearnos de silencio.

Hemos improvisado la ruta siguiendo el mapa y escogido las paradas con el dedo índice. Hemos descubierto sitios espectaculares al seguir sólo un poco más allá. Nos hemos perdido por carreteras secundarias y llegado de noche a bosques que daban miedo. Hemos improvisado los días según nos apetecía y cambiado de rumbo cada dos por tres. Hemos visto ciervos y corzos, vacas, cavallos, cabras y muchas ovejas. Nos hemos sorprendido de lo que llegan a doblarse algunos árboles en días de viento huracanado y nos hemos embobado al escuchar el ruido del viento al pasar entre las ramas de todo un bosque. Hemos mirado las olas sin más durante un buen rato, observado pájaros en silencio con los prismáticos y escuchado la lluvia caer sobre el techo de nuestra furgoneta mientras amanecía en la playa. Hemos respirado. Hemos vivido...

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Ahora que he vuelto, tengo la casa y la cabeza revuelta  y desordenada. Necesito limpiar mucho, ordenar y sobretodo tirar lo que no me sirve para dejar espacio al aire nuevo y fresco que siento que está por llegar. Por que en este tiempo y espacio que me he concecido, a través del silencio y de la quietud mental, me ha desbordado todo un caudal de inspiración, de ideas que pulir y trabajar, de caminos por explorar... Me pueden las ganas de ponerme a trabajar sin más, pero me contengo y lo guardo en la recámara, para no dejarme llevar de nuevo por el ritmo acelerado del exterior. Aún necesito limpiar, ordenar... literal y metafóricamente. Dar tiempo y espacio al momento presente para que todo vaya fluyendo ordenadamente.