recolectando agua de lluvia: tónico facial

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Llevaba desde domingo sin parar de llover. Después de tantos días de sequía, lo he estado sintiendo como un regalo. He estado disfrutando de estos días invernales en casa, sintiendo la sensación de frío y humedad. Cobijándome entre capas de jerséis de lana y tazas de te en las manos. Preocupándome de mantener calientes mis pies. Me he pasado ratos en silencio mirando por la ventana, con la nariz fría pegada al cristal. Observando el cielo tapado y los colores mojados de la tierra, las plantas llenas de gotas y las maderas empapadas de agua. 

Este cielo gris me devuelve a mi. A mi cueva, a mi silencio. A la manta que te arropa en el lugar más seguro del mundo, mi cuerpo. 

Y ayer me sentí llamada a recolectar el agua de la lluvia. A que mis raíces, mis hojas, mis poros, puedisen absorver esta agua destilada por las nubes. 

Saqué un recipiente de cristal afuera y lo dejé toda la noche. Ha llovido impetuosamente sin parar. Lo escuchaba desde la cama a ratos que se me abrían los oídos. Esta mañana, lo primero que he hecho es ir con la curiosidad de mi niña interior, a ver cuánta agua resulta que se recolecta al dejar un recipiente toda una noche de lluvia. Pensaba que esaría lleno y no llegaba a la mitad.

La he guardado en una damajuana y me he lavado la cara con ella. Es agua de lluvia, agua que se ha evaporado, que ha creado nubes, que ha esperado paciente las condiciones que necesita y se ha precipitado. Es agua naturalmente destilada. La mayoría de sus sales no la han acompañado. Es agua pura caída del cielo. Lavarme la cara cada día con ella es un regalo.

Gracias lluvia.